miércoles, 10 de abril de 2013

I CO 15,3-8 TESTIMONIO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO INTRODUCCIÓN











I CO 15,3-8 TESTIMONIO

DE LA

RESURRECCIÓN DE CRISTO




      FERNANDO HERRERO SALAS














I CO 15,3-8 TESTIMONIO

DE LA

RESURRECCIÓN DE CRISTO




      FERNANDO HERRERO SALAS



TESINA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA
AÑO 1971





© Fernando Herrero Salas
Registro Universidad Pontificia de Salamanca
Sign.: UP/VZ.  Tesina T/60


UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA
FACULTAD DE TEOLOGIA 1971





INTRODUCCIÓN

Iª PARTE. EL NUEVO TESTAMENTO Y LA RESURRECIÓN DE JESÚS.
1.      PRINCIPALES TEXTOS NEOTESTAMENTARIOS REFERENTES A LA RESURRECIÓN DE CRISTO.
2.      LAS FORMULACIONES DE FE Y LAS NARRACIONES.
3.      VALORACIÓN HISTÓRICA DE LOS ACONTECIMIENTOS EXTERNOS
4.      RAZÓN DE NUESTRO ESTUDIO DE I CO 15,3-8.

IIª PARTE: I CO 15, 3b – 8, TESTIMONIO DE LA RESURRECCIÓN DE XTO.
I.                INTRODUCCIÓN
1.      A quién se dirige Pablo en el cap. 15 de I Co?
2.      La construcción interna de I, Co 15.
3.      La Introducción: vers. 1-3 a.
4.      La relación de Pablo con las tradiciones.

II.              FORMA LITERARIA DE I CO 15, 3 b –5.
1.      La composición de los miembros de la fórmula confesional.
2.      El problema de la adversativa “kai” en el v. 4 b.
3.      El cuádruple “oti”.

III.            TEXTO PRIMITIVO Y FONDO LINGUÍSTICO DE I CO 15, 3-5
1.      Giros no paulinos.
2.      Semitismos y la pregunta sobre un texto primitivo semita: Contrastación de Conzelmann con el de Jeremías.
3.      ¿Qué decir de los semitismos?
4.      “Traducción” y redacción griega del texto de que hoy disponemos.

IV.          ANALISIS DE LA HISTORIA DE LA TRADICIÓN DE I CO 15,3b-5.
1.      La Historia de la Tradición, según Hahn.
2.      La Historia de la Tradición, según W. Kramer.

V.            MEDIO AMBIENTE, ORIGEN Y ANTIGÜEDAD DE LA TRADICION  CONFESIONAL.
1.       Medio ambiente de la Tradición de I Co, 15, 3-5.
2.       Origen y antigüedad de la Tradición confesional.

VI.          I CO  15, 4 a Y LA TUMBA VACÍA.
1.      La interpretación de I Co 15, 4 A: “kai oti etáfe”.
2.      Pablo y la problemática de la tumba vacía.
3.      Las más antiguas tradiciones en Pablo y las narraciones evangélicas sobre la tumba vacía.

VII.        EL VERSICULO 4 b: “Te emera te trité katá tas grafás”
VIII.      LOS VERSICULOS 5 – 8, ¿DEMOSTRACIÓN DE LA VERDAD DE PASCUA?
IX.          I CO 15, 3 –8 Y EL KERYGMA PRIMITIVO.

IIIª PARTE. MODERNAS TEORIAS ACVERCA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
I.              LA TEORÍA DE WILLY MARXSEN.
1.           Exposición.
2.           Crítica.

II. LA TEORIA DE RUDOLF BULTMANN
A.- PENSAMIENTO TEOLÓGICO – EXEGÉTICO DE BULTMANN.
1.      Presupuestos mentales de Bultmann.
2.      Concepción cristológica de Bultmann.
3.      La teología de Juan, según Bultmann.
4.      La teología de Pablo, según Bultmann.
B. LA RESURRECCIÓN DE JESUS, SEGÚN BULTMANN.

III. VALORACIÓN Y CRÍTICA DE SU TEORÍA.

IVª PARTE: HACIA UNA COMPRENSIÓN DE LA FE DE LA     RESURRECCIÓN DE CRISTO.





INTRODUCCION

El presente trabajo es un intento de comprensión de la resurrección de Cristo desde la fe.
Al encararnos con los textos neotestamentarios, hemos visto la imposibilidad de llegar a fijar “hechos”. esta imposibilidad, que es algo propio a toda la Revelación  por su mismo carácter de “revelada”, se hace patente cuando queremos tratar un problema como el de la Resurreción de Jesús. En efecto, debido  a nuestras categorías humanas, nos vemos siempre inclinados  a querer fijar todo, a quererlo sistematizar y cosificarlo todo.

Pero al enfrentarnos al problema de la resurrección de Jesús, vemos muy pronto que hemos de dejar de hablar  de “resurrección de Jesús”, pues esto inclina  a pensar en una revivificación.
En efecto, no es Jesús el que resucita. Por el hecho de resucitar  y por tratarse de un evento no de nuestra historia, y sólo captable desde la fe, hemos de hablar de Resurrección de Cristo.

Este es el camino que aquí seguimos. En prier lugar, tratamos someramente la resurrección de Jesús con los datos que nos da el Nuevo Testamento. pronto comprobamos la imposibilidad de fijar hechos, imposibilidad  a que antes aludíamos.
Sin embargo, la resurrección de Jesús – Cristo es algo atestiguado de una forma insistente  y esencial para el “kerygma”. De ahí que nos hayamos tenido que  enfrentar directamente con el texto neo- testamentario  paulino I Co 15, 3b – 8, donde nos viene atestiguado en el kerigma la resurrección de Cristo.

No obstante, no nos hemos conformado con esto. Pues las teorías modernas de Marsxen y Bultmann han ejercido gran influjo en la teología moderna, y por eso hemos tenido  que enfrentarnos  con ellos, intentando  comprender  su pensamiento, y hacer una crítica positiva.

Estas teorías han sido definitivas  para la comprensión cristiana  de la resurrección de Cristo, pues aunque creemos son falsas, aportan elementos muy valiosos, sin los cuales  la visión  católica de la resurrección de Cristo creemos se vería  muy empobrecida.

Por último, intentamos dar una visión personal desde la fe  (desde la razón y ciencias naturales es imposible decir nada) basándonos  fundamentalmente  en el testimonio paulino y en su teología cristológica.





Iª PARTE: EL NUEVO TESTAMENTO Y LA RESURRECCIÓN DE JESUS.

  1. PRINCIPALES TEXTOS NEOTESTAMENTARIOS REFERENTES  A LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
  2. LAS FORMULACIONES DE FE Y LAS NARRACIONES.
  3. VALORACIÓN HISTÓRICA DE LOS ACONTECIMIENTOS EXTERNOS.
  4. RAZÓN DE NUESTRO ESTUDIO DE I CO 15, 3b – 8.


I. PRINCIPALES TEXTOS NEOTESTAMENTARIOS REFERENTES A LA RESURRECCIÓN DE CRISTO:
A. Kerygma paleocristiano:

  1. Textos catequísticos:
-         I Co 15, 3-8.
-         Luc. 24, 34.
-         Rom. 1, 3-5
-         I Tes. 4, 14

  1. Textos cúlticos:
-         Filip. 2, 6-11.
-         Efs. 5,14
-         I Tim. 3,16
-         Mc. 8,31

B. Discursos de los Hechos de los Apóstoles:
-         2,22-40
-         3,12-16
-         4,8-12
-         7,2-52
-         8,30-35
-         10,34-43
-         13,15-41

C. Textos confesionales bautismales cristológicos y trinitarios:
  1. Cristológicos.
-         Rom. 10,9
-         Jo. 20,28
  1. Trinitarios.
            - Mt. 28,19

D. Narraciones pascuales de los Evangelios:
Podemos distinguir dos tradiciones
  1. La Galilea, con Mt., Mc., y Jo. 21.
-         Mt. 28
-         Mc. 16,1-20
-         Jo, 21

  1. La Jerosolimitana.
-         Lc. 24
-         Jo. 20

Estas narraciones se atienen al esquema más objetivo:

Sepultura vacía  - Apariciones  - Ascensión.

Están influenciadas por el carácter polémico, apologético, catequético y teológico. Pretenden dar cuerpo al kerygma apostólico inicial.

I.               LAS FORMULACIONES DE FE Y LAS NARRACIONES

Aplicando el principio de los géneros literarios a los textos neotestamentarios que hablan sobre la Resurrección de Jesús, aparecen inmediatamente dos géneros esencialmente diferentes:
-         Las “formulaciones breves de fe” que, ante todo, se encuentran en la literatura epistolar, y las llamadas
-         “narraciones”, que sólo se encuentran en los Evangelios.

Las formulaciones de fe más importantes sobre la resurrección de Jesús, son las siguientes:
Rom. 1, 3-5: “acerca de su Hijo, nacido  de la descendencia de David según la carne, constituído Hijo de Dios, poderoso, según el espíritu de santidad, a partir de la Resurrección de entre los muertos, Jesucristo Nuestro señor...”

I Co, 15, 3-8 (le examinaremos más adelante).

Luc. 24,34. “El Señor, en verdad, ha resucitado y se ha aaparecido a Simón”.

Mc. 8,31: “Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del Hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de tres días ...”

Fil. 2, 6-11: “Quien existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte , y muerte de Cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, doble la rodilla  cuanto hay en los cielos, en la tierra  y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria  de Dios Padre”.

I Tim. 3,16: “Y sin duda que es grande el misterio de la piedad: Que se ha manifestado en la carne, ha sido justificado por el Espíritu, ha sido mostrado a los ángeles, predicado a las naciones, creído en el mundo, ensalzado en la gloria”.

Sclier habla tambien de que los textos referentes  a la resurreccion  de Cristo son asequibles de dos formas:
Unas veces en aquellas frases acuñadas  - llamadas, quizás de una manera no totalmente exacta – “profesiones de fe”, así, por ejemplo, la doble fórmula de Rom. 10,9: “Jesús es el Señor – Dios le resucitó de entre los muertos”, o la siguiente, probablemente una fórmula catequética que sirve de base a I Co  15, y que comprende las frases I Co. 15, 3-5, que proceden probablemente  de los años 30, quizás de Jerusalén, o quizás de Antioquía ...
El origen de tales fórmulas está en el entusiasmo que se deja ver  en el ejemplo de aquella exclamación común, aclamatoria, de la asamblea de Jerusalén de “los once  y los que estaban con ellos”, que Lucas ha incluído  en su relato  de Pascua: “Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc. 24, 34). También la relativa estabilidad del segundo miembro en la doble fórmuls de los Hechos sobre la muerte y Resurrección de Jesucristo frente al primer miembro, es en todo caso una indicación de que en un principio este segundo miembro estaba solo, en esta forma aproximadamente: “Dios ha resucitado a Jesucristo”, así Hechos 2,23; 3,15; 4,10; 5,30 s. y en otros.

De una tal Exomologesis, formulada en un solo miembro, que aclamaba entiásticamente la resurrección, se formó pronto la formulación “Pistis”, que afirma la resurrección de Cristo juntamente con su muerte, por ejemplo I Tes. 4,14 “Jesús murió y resucitó”. Pero ella ya no tiene probablemente caracter entusiasta. El entusiasmo está conservado, por así decir, en la pretensión de la fórmula. Ella se convierte entonces en el núcleo y el tema fundamental de las literarias, y quizás también de las verdaderas predicaciones misionales, como nos lo muestran los Hechos de los Apóstoles; ella se convierte  en base y objeto  de la reflexión teológicsa, como deja reconocer, sobre todo, Pablo; y ella se convierte  en la Palabra  fundamental didácticamente transformada de la catequesis. Pero ella se convierte también, no hay que olvidarlo, más o menos desarrollada, en contenido y fuerza formal de los primitivos  himnos cristianos, como por ejemplo I pe. 3, 18 ss.

Todas estas fórmulas, como hemos señalado anteriormente eran cantos litúrgicos (I Tim. 3,16; Fil. 2, 6-11), o fórmulas catequéticas (como la de I Co 15, que ocupará nuestras reflexiones en este trabajo).

La consecuencia que de todo esto se saca es importante: Los testimonios más antiguos de la resurrección de Jesús no son relatos positivos sino confesiones  de una fe.
Se deriva aún otra consecuencia : el acontecer  de la resurrección suscitó en la más antigua  Palabra de la Tradición, el entusiasmo.

La segunda forma de la tradición sobre la resurrección se basa en las narraciones que versan sobre el hallazgo de la tumba vacía y sobre las apariciones del Resucitado.
Al principio, unas y otras  existían independientemente, pero luego se aglutinaron de diversa forma.
 Los Evangelios aportan pocos y, además, defectuosos relatos. Han sido tomados de muy distintas tradiciones, y no tenían primitivamente conexión entre ellos ni estaban unidos al relato de la Pasión.
No se pueden armonizar. Así, por ejemplo, pasa por el distinto lugar de las apariciones del resucitado: Marcos y Mateo nombran Galilea; Lucas  conoce  algunas en Jerusalén y sus alrededores. Lucas deja que tengan lugar en domingo y está, con ello, en oposición a los restantes evangelistas.
En Marcos y Lucas no hay ninguna aparición de Jesús en el descubrimiento de la tumba vacía.

Pero pronto se entremezclan ambos tipos de redacción: En Mateo, Cristo se aparece a las mujeres poco después de haber abandonado la tumba (29,9 ss): Lo secundaria que es esta composición de Mateo se ve en el hecho de que Cristo prácticamente no dice nada más a las mujeres  de lo que el ángel les ha dicho, que los discípulos deben ir a Galilea. En Juan se desarrolla más el tema.

Pero estas interferencias de las narraciones de la tumba vacía y de las apariciones nos demuestran lo poco que debemos considerar las historias de la resurrección como relatos históricos – positivos.

Podemos ver otras contradiciones: El ángel de la tumba en Luc. 24,4 y Jo. 20,12 se ha duplicado, en contradicción con Mc. 16,5 y Mt. 28,25.

En Mc., los ángeles dan a las mujeres el encargo de que los discípulos  deben ir a Galilea, y pone en boca  del ángel  un vaticinio  de la pasión y resurrección, que fue hecho en Galilea (Lc., 24,6).

En Lc., la última aparición de despedida tuvo lugar  en el Monte  de los Olivos  junto a Jerusalén (24,50), y en Mt. esta última  aparición tiene lugar  en un monte  de Galilea (Mt. 28,16-20).

Los relatos han sido redactados en el horizonte del entender de entonces y, por tanto, en las representaciones, formas, lenguaje e ideas del mundo aquel:
-         La presentación de los ángeles en el sepulcro vacío tiene sus paralelismos contemporáneos y bíblicos.
-         El relato de Emaús está influído por la firma de los relatos de teofanía, ciya estructura se rompe  por los hechos relatados.

Los relatos evangélicos guardan una especie  de reserva, si les comparamos  con los relatos  de los libros apócrifos. Se puede decir que se encuentra algo así como temor  y que los relatos fueron formados a partir del conocimiento de la tumba vacía y de la experiencia terrible  y consoladora  del encuentro con Jesús. El temor vendría explicado  por el hecho de que en la mentalidad  semita  la resurrección implicaba la vuelta a la vida, y no fue tal la de Cristo.

Desde aquí, quizás puedan aclararse las contradiccines. se pueden distinguir perfectamente, preocuoaciones que en el proceso de la tradición oral y en el trabajo de la redacción de los evangelios  logran dar forma a un género determinado. Son preocupaciones de tipo composicional, apologético y teológico:

Según los Hechos de los Apóstoles, la última aparición de Jesús ocurre despues de cuarenta días (1,3). El mismo Lucas, en su Evangelio, parece insinuar que esta misma aparición tuvo lugar  el mismo día de Pascua. Si el espacio de tiempo en el que Jesús se apareció a sus discípulos  aparece  en el Evangelio de Lucas  tan concentrado, en contraposición a los Hechos, es simplemente por una exigencia  de composición, pues Lucas quería terminar con ello su Evangelio.

Las preocupaciones apologéticas han influído en las narraciones de la Resurrección de una forma vistosa: ya muy temprano debía correr  por Jerusalén el rumor  de que los mismos cristianos  habían eliminado  el cuerpo de Jesús  para lanzar al mundo  el cuento de la resurrección (Mt. 28,15).
La respuesta cristiana a esta historia gratuita fue la gratuita narración de los guardianes  del sepulcro  dormidos  y sobornados. esta narración presupone, como condición necesaria, el hecho de que los judíos  ya supieran  el Viernes  que Jesús  debía resucitar al tercer día (Conf. Mt. 27, 62-66), dato que ni los discípulos  siquiera  sabían  claramente, como nos demuestra el estado de ánimo de los que van a Emaús (Lc. 24,20 ss.).
esta misma preocupación apologética es la que se da en el relato del jardinero, narración que quiere salir al paso del falso rumor de que un jardinero hubiese  trasladado el cuerpo  de Jesús  para evitar  que los numerosos visitantes  de la tumba  estropeasen  sus plantaciones. Encontramos huellas en Juan (20,13-15) donde María magdalena  dice a los ángeles  que se han llevado el cuerpo de Jesús  y que no sabe dónde  lo han puesto.

Otra objección contra la verdad de la resurrección provenía del pensamiento helenístico, según el cual lo que habrían visto los discípulos era solamente el alma del crucificado, una especie de fantasma.
La Iglesia primitiva también tuvo que distanciarse  de esta falsificación, narrando la réplica apologética: “mientras estaban hablando de estas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos ... atónitos y atemorizados, se imaginaban ver algún espíritu. Y Jesús les dijo: mirad  mis manos  y mis pies ... palpad”. Y para confirmación de que no es un fantasma, come un trozo de pescado asado (Lc. 24,36-43).

Mt. 18, 19 refleja  una preocupación teológica: El resucitado da a los discípulos la misión eclesial: deben bautizar a todo el mundo en nombre del Dios Trinitario.
En realidad, la Iglesia apostólica  tomó conciencia  de su misión frente al mundo muy lentamente. Hubo dificultades hasta dar el paso a los gentiles, y al principio sebautizaba simplemente en el nombre de Jesús (I Co. 1,13).
Por eso la despedida de Mateo es la explicación teológica de un desarrollo posterior.
Las reflezxiones cristológicas intervienen, por ejemplo, en los relatos joanneos. También penetran motivos cúlticos en la presentación: La Cristofanía tiene lugar  durante la comida (Lc. 24,30.40-43; hechos 10,41; Jo. 21,12 ss, Mc. 16,14).

Podemos concluir diciendo que se ha querido asegurar el acontecimiento de la resurrección de Jesucristo  contra falsas  interpretaciones, por medio de un truco: colocándolo entre los hechos humanos, en la historia humana.

¿Qué juicio crítico nos merecen estas narraciones? Hemos de rechazar en absoluto la idea  de que se trate  de un mero documental histórico, y esto, por razones científicas, como hemos demostrado.
Pero no se les puede considerar leyendas. esto sería científicamente falso, puesto que quedaría  sin explicación el hedho de la fe  de los discípulos.
Los hechos narrados se encuentran en el trasfondo de cierto acontecer pascual, en que la muerte de Jesús inexplicablemente  - si se niega el hecho de la resurrección – es entendida como glorificación. No vale suponer categorías existencialistas en la mente de tantas y tan dispares personas. Además, si supusiéramos esto, habría que explicar el porqué de las contradicciones, de la misma forma que tendría  que demostrarlo  aquel que dijera  que la resurrección de Jesus fue una vuelta a la vida.

II.             VALORACIÓN HISTÓRICA DE LOS ACONTECIMIENTOS EXTERNOS.

  1. La tumba vacía: La narración más antigua del descubrimiento de la tumba vacía la encontramos en Mc. 16,1-8.

El que haya preocupaciones de tipo apologético, composicional y teológico, no nos permite considerarla como una leyenda, por las siguientes razones, como Lohfink señala:
...
Según Mc. 15,42-47 Jesús fue sepultado por José de Arimatea, “un acreditado varón del consejo”.
Si no queremos ser caprichosos, hemos de suponer que esta tumba era conocida en Jerusalén. En la misma Jerusalen sus discípulos predican que Jesús ha resucitado.
Si tenemos presente que para los judíos de aquel tiempo “resucitar” de entre los muertos significaba necesariamente la resurrección del cuerpo, tenemos que concluir  que la comunidad primitiva no pudo predicar que Jesús había resucitado, si en verdad no hubiera sabido que la tumba estaba realmente vacía.

b. Un argumento psicológico: El pésimo testimonio que podían ofrecer las mujeres ante los judíos, nos demuestra que, en realidad, las mujeres encontraron la tumba vacía.
Si hubiera sido una leyenda, nunca se hubiera puesto como protagonistas a las mujeres: Las mujeres en el judaísmo de entonces  eran incapaces de dar pruebas testificales.

La narración de la tumba vacía pronto fue ampliada en el sentido de que tras las mujeres, los apóstoles mismos corrieron a la tumba para confirmar oficialmante  lo que las mujeres  habían visto (Lc. 24,24; Jo. 20, 3-10).
Esta ampliación es secundaria, pero demuestra el afán de poner como testigos presenciales a personas dignas de testimonio. Tod esto, pues, habla a favor  de la realidad de que las mujeres encontraron la tumba vacía.

c. El dato de que Jesús resucitó “al tercer día” parece demostrar el hecho real de la tumba vacía.
En efecto, ya en las formulaciones más antiguas (I Co. 15,4) se encuentra  la afirmación de que Jesús  resucitó al tercer día.
Se puede objetar que esto era una acuñación proveniente  del mundo de ideas hebráico – cosa que no discutimos -, pero el hecho de que tan pronto  y con tanta insistencia  aparezca esta frase parece demostrar que en ese día se descubrió la tumba. Por ello, nos parece de probabilidad, casi indiscutible, el hecho de la tumba vacía.

Como dice Lohfink, la polémica judeo-cristiana se centró desde el principio en la interpretación de la tumba vacía, no en el hecho. Se dijo que los cristianos habían robado el cuerpo de Jesús, que un jardinero lo había cambiado  de sitio, incluso se recurrió a terremotos que habrían provocado la desaparición del cuerpo en una grieta. Más tarde se supuso que la tumba no era conocida de nadie, y que las narraciones del entierro  y de la tumba  vacía eran leyendas tardías. Pero las razones antes aludidas, y el hecho de que los judíos  no pusiesen  en duda  la objetividad  de la tumba vacía, impide tomarlas como leyendas.

Balagué habla de una prueba  de la resurrección a partir de la tumba vacía. esto es desenfocar las cosas.

Que no es una demostración de la resurrección es claro, entre otras razones porque la “resurrección”, como veremos, no es un hecho de nuestra historia. Pero si esto no bastara, hemos  de decir que hay en las mismas narraciones insinuaciones acerca de la ambivalencia  del fenómeno en sí mismo considerado: En Lucas, los discípulos  no llegan  a la fe  por la noticia  de la tumba vacía (24,11), y en los cuatro evangelios  el significado  de la tumba vacía  debe ser explicado por los ángeles.

En todo caso, hemos de abordar el tema, como dice Delorme, desde una reflexión que no esté dominada  por la contingencia  histórica, poor la necesidad  de que la tumba  haya quedado vacía. El hecho de la tumba vacía pudo muy bien ser histórico, sin ser necesario.

  1. Las apariciones:

Comencemos diciendo que la valoración histórica de las apariciones en orden a una demostración es tan negativa  como la de  las narraciones de la tumba vacía, por paradójico que parezca.
¿Por qué? Si la resurrección de Cristo hubiera sido una vuelta a la vida, de la armonización de las narraciones  en que Jesús resucitado aparece  en contacto con sus discípulos aparecería clara  la vuelta  a la vida  de un muerto, vuelta que podría interpretarse  como triunfo.
Pero el hecho de que la resurrección no sea una vuelta a la vida, sino un fenómeno – por llamarlo de alguna forma – no perteneciente a nuestra historia, hace que los relatos  de las apariciones  confundan  más  que los de la tumba vacía  al historiador  crítico – positivo.

El punto más valioso como “demostración” (entiéndase: testimonio valioso en orden a la valoración crítica  de la resurrección) sería  I Co 15,3-8, donde Pablo advierte : “Os he transmitido lo que yo mismo he recibido” (v. 3). Con este testimonio nos acercamos mucho a los acontecimientos.
El punto valioso de este testimonio es la afirmación, en conexión directa  con la fórmula de fe citada, de que a él mismo  se le apareció el resucitado (de la misma manera que se apareció a los otros apóstoles – añadimos nosotros -).
Este texto nos indica  el camino  que hemos de seguir  para entender  lo que la  resurrección sea. En efecto, si intentamos coordinar la serie de apariciones que hace Pablo con las narraciones del Evangelio, nos encontramos en una especie de laberinto. Pues las apariciones a Santiago y a los 500 hermanos no tienen ningún paralelo  en los Evangelios, y de la aparición a Pedro sólo nos habla  Luc. 24,34.

Como conclusión que el método histórico y los métodos científicos, en general, no pueden probar la resurrección ni negarla, puesto que escapa a las ciencias. pero esto sería adelantar lo que después hemos de decir.

Tampoco en el caso de que la resurrección hubiera sido una vuelta a la vida, podrían demostrar las ciencias nada, contando con el material narrativo con que se cuenta referente a la tumba y apariciones.

En cuanto al sepulcro vacío las ciencias no podrías hacer otra cosa que demostrar el hecho de la falta del cadáver, pero esto, en orden a la consideración de una  resurrección-revivificación, no probaría nada; sólo sería el prresupuesto negativo previo.

En cuanto a las apariciones, la ciencia daría un juicio más negativo, basándose en la absoluta discordancia de las narraciones o en la prueba psicológica  de ilusión colectiva. Por otra parte, asentar la tesis del engaño (por ocultamiento del cuerpo de Jesús) tropezaría con grandes dificultades, pues no explicaría la fe de los discípulos, incondicional y verdadera.

Los hechos con que el científico  se encuentra necesitan interpretación, y las conclusiones pueden ser muy diferentes  según los presupuestos  de que parta. Un historiador honrado y autocrítico permanecerá  ante los hechos  de la tumba vacía  y apariciones  como ante fenómenos  no esclarecibles  por los métotos históricos. No se puede concluir con un “luego Cristo ha resucitado”, ni tampoco se puede concluir  en la no-historicidad.
Los hechos históricos quedan abiertos  a la resurrección y exigen una interpretación que no puede dar el historiador  en cuanto tal. ¿Por qué? Porque los hechos  de tipo existencial (el amor, la confianza, la fe) y los hechos  de tipo sobrenatural estan fuera  del alcance  de la ciencia. Con mucha más razón está fuera  del alcance  de la ciencia  la constatación de si la fe  en algo sobrenatural responde o no  a un objeto real.

Se hace necesaria una interpretación de los hechos. La interpretación, como tal, no es “historisch”, sino “geschichtlich”. Esto quiere decir que tanto una interpretación puramente existencial – antropológica, como la de Bultmann, como una interpretación que acepte a priori  al menos la posibilidad  de la resurrección, en cuanto tales “interpretaciones” no pueden ofrecer  resultados apodícticos, puesto que se desenvuelven en un marco fuera de lo histórico – positivo.

III.           RAZÓN DE NUESTRO ESTUDIO DE I CO. 15, 3-8

Con el material evangélico no se puede concluir ni en la resurrección ni en su negación. esa conclusión sería una interpretación, como ya hemos indicado.

Esto nos hace abandonar la consideración de los relatos desde el punto de vista crítico – histórico – positivo y nos lleva  de la mano  a una comsideración distinta: la de tomar el kerygma como tal: El kerygma no pretende demostrar, sino que es anuncio de un hecho salvífico que interpela y exige ser  creído.
El kerygma como tal es testimoniado. El hecho salvífico no es demostrado en el kerygma.

Si la resurrección de Cristo sólo puede ser testimoniada, como parece deducirse  de las consideraciones hechas de los relatos, entonces  hemos de escoger  un texto en wue el hecho salvífico sea testimoniado, es decir, hemos de recurrir a las fórmulas de fe.
es claro que las “fórmulas de fe” no son “literatura”, sino que nacen en la fe de una comunidad que vive hasta las últimas consecuencias con arreglo a sus creencias. Las formulaciones se fe no han nacido del aire; han de sustentarse necesariamente en algo. este “algo” es lo que debemos investigar.

Para ello, hemos de escoger un testimonio fidedigno, antiguo y que cumpla las condiciones de un testimonio histórico fundamentado. El mejor testimonio, en este sentido, es I Co. 15,3-8.
Esta sería la razón previa que nos lleva a estudiarlo. Pero además, hay otras razones: En efecto, en otros testimonios de fe no se ve  tan claramente  como aquí hasta qué punto  está fundamentando  la vida  de una comunidad y hasta qué  punto está respaldado por ella. En el testimonio de Pablo se ve claramente  el testimonio  y la fe  de toda la comunidad  cristiana (“Pues, a la verdad, os he  transmitido, en primer lugar, lo que yo mismo he recibido ...”, dice Pablo en el vers. 3).

Otra razón, ya secundaria, pero muy Importante, que nos lleva a tratar este texto es la propia aparición tenida  por Pablo, aparición que une  y equipara  a las demás: esto nos podrá ayudar a esclarecer de alguna forma la resurrección de Cristo.

H. SCHLIER: De la resurrección de Jesucristo, Desclée de Brower, Bilbao, 1970, pp 8-11.
G. LOHFINK: Die Auferstehung Jesu un die historische Kritik. Bibel und Leben 9 (1968), pp. 37-53.
G. LOHFINK, op. cit.
M. BALAGUÉ: La prueba de la resurrección, estudios Biblicos 25 (1966) pp. 169 –192.
J. DELORME: Resurrection et tombeau de Jésus: Mc. 16, 1-8 dans la tradition evangelique, En: La Resurrection du Christ et l’ exegese moderne, Du Cerf, “Lectio divina”, nº 50, Paris (1969), pp 105-151. Conocido indirectamente a través del extracto  en “Selecciones  de Teología”, 33 (1970), vol. 9, pp. 119 – 130. 


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